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El joven cangrejo

Gianni Rodari 

Un joven cangrejo pensó: “¿Por qué en mi familia todos caminan hacia atrás? quiero aprender a caminar hacia adelante como las ranas, y que se me caigan las muelas si no lo logro”. 

Comenzó a ejercitarse a escondidas, entre las piedras del arroyo natal, y en los primeros días se fatigaba mucho. Chocaba por todas partes, se magullaba la coraza y se le trababan las patas. Pero, transcurrido un tiempo, las cosas marcharon mejor, porque todo se puede aprender si se quiere. 

Cuando estuvo seguro de poder hacerlo bien, se presentó a su familia y dijo: 

—Vengan a ver. 

E hizo una magnífica carreta hacia adelante. 

—Hijo mío —estalló en llanto la madre—, ¿te ha dado vuelta la cabeza? Vuelve en ti, camina como tu padre y tu madre te han enseñado, camina como tus hermanos que tanto te quieren. 

Pero sus hermanos no hacían más que reírse a carcajadas. 

El padre lo miró severamente durante un rato y después le dijo: 

—Basta ya. Si quieres quedarte con nosotros, camina como los otros cangrejos. Si quieres ser un cabeciduro, el arroyo es grande. Vete y no vuelvas más. 

El valiente cangrejito quería mucho a los suyos, pero estaba demasiado seguro de estar en lo correcto para dudar; abrazó a su madre, se despidió del padre y de sus hermanos y se marchó por el mundo.

Su paseo despertó de pronto la sorpresa de un corrillo de ranas que, como buenas comadres, se habían reunido a charlar en torno de una hoja de nenúfar. 

—Qué falta de respeto —dijo una rana. 

—Vaya, vaya —dijo otra. 

Pero el cangrejito prosiguió derecho como si fuera dueño de la calle. De pronto, se sintió llamado por un viejo cangrejote de expresión melancólica que estaba solo junto a una piedra. 

—Buenos días —dijo el joven cangrejo. 

El viejo lo observó largamente, y después dijo: 

—¿Qué cosa crees que estás haciendo? Yo también, cuando era joven, pensaba enseñar a los cangrejos a caminar hacia adelante.  Y fíjate qué he ganado: vivo solo y la gente se cortaría la lengua antes de dirigirme la palabra. Ahora que estás a tiempo, fíjate en mí: resígnate a ser como los otros y un día me agradecerás el consejo. 

El joven cangrejo no sabía qué responder y se quedó silencioso. Pero, por dentro pensaba: “Yo tengo razón”. Ha saludado gentilmente al viejo y reanudó altivamente su camino. 

¿Andará lejos el joven cangrejo? ¿habrá hecho  fortuna? ¿Enderezará todas las cosas torcidas de este mundo? Nosotros no lo sabemos, pero él sigue marchando con el coraje y la decisión del primer día. Sólo podemos desearle de todo corazón: 

—¡Buen viaje!